SEGUNDA MEDITACION METAFISICA

Meditaciones metafísicas – Segunda meditación

Segunda meditación.

De la naturaleza de la mente humana: que es más fácil de conocer que el cuerpo

1.
La meditación que hice ayer me ha llenado la mente de tantas dudas que, en adelante, ya no está en mi poder olvidarlas. Y sin embargo no veo de qué modo podría resolverlas; así, como si hubiera caído de repente en aguas muy profundas, me encuentro tan sorprendido que ni puedo asegurar mis pies en el fondo ni nadar para mantenerme en la superficie. No obstante, me esforzaré y seguiré, sin desviarme, el mismo camino por el que había transitado ayer, alejándome de todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, al igual que haría si supiese que es absolutamente falso; y continuaré siempre por este camino hasta que encuentre algo cierto o, por lo menos, si no puedo hacer otra cosa, hasta que haya comprendido con certeza que no hay nada cierto en el mundo. Arquímedes, para mover el globo terrestre de su lugar y llevarlo a otro, sólo pedía un punto de apoyo firme y seguro. Del mismo modo podría yo concebir grandes esperanzas si fuera lo bastante afortunado como para encontrar una sola cosa que fuera cierta e indudable.

2.
Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; y me persuado de que jamás ha existido nada de todo aquello que mi memoria, llena de mentiras, me representa; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar no son más que ficciones de mi mente. ¿Qué es, pues, lo que podrá estimarse verdadero? Quizá ninguna otra cosa excepto que no hay nada cierto en el mundo.

3.
Pero ¿y yo qué se si no hay ninguna otra cosa diferente de las que acabo de considerar inciertas y de la que no pueda tener la menor duda? ¿No hay algún Dios o cualquier otro poder que me ponga en la mente estos pensamientos? Eso no es necesario, ya que quizás sea yo capaz de producirlos por mi mismo. Yo, al menos, ¿no soy algo? Pero ya he negado que tuviese sentidos o cuerpo alguno. Dudo, sin embargo, pues ¿qué se sigue de ello? ¿Dependo hasta tal punto de mi cuerpo y de mis sentidos que no pueda ser sin ellos? Pero me he persuadido de que no había absolutamente nada en el mundo: ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos; ¿no me he persuadido, pues, de que yo no existía? No, ciertamente, probablemente exista, si me he persuadido, o solamente si he pensado algo. Pero hay un no se quién engañador, muy poderoso y muy astuto, que emplea toda su industria en que me engañe siempre. No hay pues duda alguna de que existo, si me engaña; y que me engañe tanto como quiera, que nunca podría hacer que yo no fuera nada mientras yo pensara ser algo. De modo que, tras haberlo pensado bien y haber examinado cuidadosamente todas las cosas, hay que concluir finalmente y tener por constante que esta proposición: “Soy, existo” es necesariamente verdadera todas las veces que la pronuncio o que la concibo en mi mente.

4.
Pero no conozco aún con suficiente claridad lo que soy yo, que estoy seguro de que existo; de modo que, en adelante, es necesario que me mantenga cuidadosamente alerta para no tomar imprudentemente cualquier otra cosa por mi y, así, no confundirme en absoluto con este conocimiento, que sostengo que es más cierto y más evidente que todos los que he tenido hasta el presente. Por ello consideraré directamente lo que creía ser antes de que me adentrase en estos últimos pensamientos; y cercenaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede ser combatido por las razones ya alegadas, de modo que no quede precisamente nada más que lo que es enteramente indudable.

5.
¿Qué es, pues, lo que he creído ser antes? Sin dificultad, he pensado que era un hombre. Pero ¿qué es un hombre? ¿Diré que es un animal racional? No ciertamente, ya que tendría que investigar después lo que es un animal y lo que es racional y así, de una sola cuestión, caeríamos irremisiblemente en una infinidad de otras más difíciles y embarazosas, y no quisiera malgastar el poco tiempo y el ocio que me queda empleándolos en desembrollar semejantes sutilezas. Me detendré, más bien, en considerar aquí los pensamientos que surgían antes por sí mismos en mi mente y que estaban inspirados sólo en mi naturaleza, cuando me aplicaba a la consideración de mi ser. Me consideraba, en primer lugar, como teniendo un rostro, manos, brazos y toda esa maquinaria compuesta de huesos y carne, tal como se muestra en un cadáver, a la que designaba con el nombre de cuerpo. Además de eso, consideraba que me alimentaba, que caminaba, que sentía y que pensaba, y atribuía todas esas acciones al alma; pero no me detenía, en absoluto, a pensar lo que era este alma, o bien, si lo hacía, imaginaba que era alguna cosa extremadamente rara y sutil, como un viento, una llama o un aire muy dilatado, que penetraba y se extendía por mis partes más groseras. Por lo que respecta al cuerpo, no dudaba de ningún modo de su naturaleza; ya que pensaba conocerlo muy distintamente y, si lo hubiera querido explicar según las nociones que tenía de él, lo hubiera descrito de este modo: por cuerpo entiendo todo lo que puede ser delimitado por alguna figura; que puede estar contenido en algún lugar y llenar un espacio, de tal modo que cualquier otro cuerpo quede excluido de él; que puede ser sentido, o por el tacto, o por la vista, o por el oído, o por el gusto, o por el olfato; que puede ser movido de distintas maneras, no por sí mismo, sino por alguna cosa externa por la que sea afectado y de la que reciba el impulso. Ya que, si tuviera en sí el poder de moverse, de sentir y de pensar, no creo en absoluto que se le debieran atribuir estas excelencias a la naturaleza corporal; al contrario, me extrañaría mucho ver que semejantes capacidades se encontraran en ciertos cuerpos.

6.
Pero yo ¿qué soy, ahora que supongo que hay alguien que es extremadamente poderoso y, si me atrevo a decirlo, maligno y astuto, que emplea todas sus fuerzas y toda su industria en engañarme? ¿Puedo estar seguro de tener la menor de todas esas cosas que acabo de atribuir a la naturaleza corporal? Me paro a pensar en ello con atención, recorro y repaso todas esas cosas en mi mente y no encuentro ninguna de la que pueda decir que está en mí. No es necesario que me detenga a enumerarlas. Pasemos, pues, a los atributos del alma, y veamos si hay algunos que estén en mí. Los primeros son alimentarse y caminar; pero si es cierto que no tengo cuerpo también lo es que no puedo caminar ni alimentarme. Otro es sentir, pero tampoco se puede sentir sin el cuerpo, además de que, anteriormente, he creído sentir varias veces cosas durante el sueño que, al despertarme, he reconocido no haber sentido en absoluto realmente. Otro es pensar; y encuentro aquí que el pensamiento es un atributo que me pertenece: es el único que no puede ser separado de mí. “Soy, existo”: esto es cierto; pero ¿durante cuanto tiempo? A saber: tanto tiempo mientras piense; ya que, quizás, podría ocurrir que si cesara de pensar cesaría al mismo tiempo de ser o de existir. No admito ahora, pues, nada que no sea necesariamente verdadero: yo no soy, pues, hablando con precisión, más que una cosa que piensa, es decir, una mente, un entendimiento o una razón, que son términos cuyo significado anteriormente me era desconocido. Ahora bien, yo soy una cosa verdadera y verdaderamente existente; pero ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa.

7.
¿Y qué más? Volveré a azuzar mi imaginación para investigar si no soy algo más. No soy, en absoluto, este ensamblaje de miembros que llamamos cuerpo humano; tampoco soy un aire separado y penetrante extendido por todos esos miembros; tampoco soy un viento, un aliento, un vapor, ni nada de todo lo que puedo fingir e imaginar, ya que he supuesto que todos eso no era nada y, sin modificar esta suposición, considero que no deja de ser cierto que soy algo. Pero ¿puede ocurrir que todas esas cosas que supongo que no son nada, porque me son desconocidas, no sean en efecto distintas de mi, que conozco? No lo se; ahora no discuto este tema; sólo puedo juzgar las cosas que me son conocidas: he reconocido que era e investigo lo que soy, yo, que he reconocido que existo. Ahora bien, es muy cierto que esta noción y conocimiento de mí mismo, considerada precisamente así, no depende en absoluto de las cosas cuya existencia todavía no me es conocida; ni, en consecuencia, con mayor motivo, de las que son fingidas e inventadas por la imaginación. E incluso los términos fingir e imaginar me advierten de mi error, ya que fingiría, en efecto, si imaginara ser alguna cosa, ya que imaginar no es otra cosa que contemplar la figura o la imagen de una cosa corporal. Ahora bien, ya se ciertamente que soy, y que en conjunto se puede hacer que todas aquellas imágenes, y generalmente todas las cosas que se remiten a la naturaleza del cuerpo, no sean más que sueños o quimeras. De lo que se sigue que veo claramente que tendría tan poca razón al decir: azuzaré mi imaginación para conocer más distintamente lo que soy, como la que tendría si dijera: ahora estoy despierto y percibo algo real y verdadero, pero como no lo percibo aún bastante claramente, me dormiré deliberadamente para que mis sueños me representen eso mismo con más verdad y evidencia. Y así reconozco ciertamente que nada de todo lo que puedo comprender por medio de la imaginación pertenece a este conocimiento que tengo de mí mismo, y que es necesario alejar y desviar a la mente de esta manera de concebir, para que pueda ella misma reconocer distintamente su naturaleza.

8.
¿Qué es, pues, lo que soy? Una cosa que piensa. ¿Y qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina, también, y que siente.

9.
Ciertamente no es poco, si todas esas cosas pertenecen a mi naturaleza. ¿Pero por qué no iban a pertenecerle? ¿No sigo siendo yo ese mismo que duda de casi todo, aunque entiende y concibe algunas cosas, que asegura y afirma que sólo estas son verdaderas, que niega todas las demás, que quiere y desea conocer más, que no quiere ser engañado, que imagina otras muchas cosas, a veces incluso a pesar de lo que tenga, y que siente muchas otras, como por medio de los órganos del cuerpo? ¿Hay algo en todo ello que no sea tan verdadero como lo es que yo soy, y que yo existo, incluso aunque durmiera siempre y aunque quien me ha dado el ser utilizara todas sus fuerzas para confundirme? ¿Hay alguno de esos atributos que pueda ser distinguido de mi pensamiento, o del que se pueda decir que está separado de mí mismo? Ya que es de por sí evidente que soy yo quien duda, quien entiende y quien desea, que no es necesario añadir nada para explicarlo. Y tengo también ciertamente el poder de imaginar, ya que, aunque pueda ocurrir (como he supuesto anteriormente) que las cosas que imagino no sean verdaderas, este poder de imaginar no deja de estar realmente en mí, no obstante, y forma parte de mi pensamiento. En fin, yo soy el mismo que siente, es decir, que recibe y conoce las cosas como por los órganos de los sentidos, ya que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Pero me diréis que esas apariencias son falsas y que duermo. Bueno, aceptémoslo así; de todos modos por lo menos es cierto que me parece que veo, que oigo y que entro en calor; y es eso lo que propiamente para mí se llama sentir, lo que, tomado así precisamente, no es otra cosa que pensar.

10.
Por donde empiezo a conocer lo que soy con un poco más de claridad y distinción que anteriormente. Pero no puedo impedirme creer que las cosas corporales, cuyas imágenes se forman en mi pensamiento, y que pertenecen a los sentidos, no sean conocidas más distintamente que esa no se qué parte de mí mismo que no pertenece en absoluto a la imaginación: aunque sea una cosa bien extraña, en efecto, que las cosas que encuentro dudosas y alejadas sean más claramente y más fácilmente conocidas por mí que las que son verdaderas y ciertas y que pertenecen a mi propia naturaleza. Pero veo lo que ocurre: mi mente se complace en extraviarse y aún no puede mantenerse en los justos límites de la verdad. Aflojémosle, pues, un poco más las riendas, a fin de que, volviendo a tirar de ellas suave y adecuadamente, podamos regularla y conducirla más fácilmente.

11.
Empecemos por la consideración de las cosas más comunes, y que creemos comprender más distintamente, a saber, los cuerpos que tocamos y vemos. No hablo aquí de los cuerpos en general, ya que esa nociones generales son con frecuencia más confusas, sino de algún cuerpo en particular. Tomemos, por ejemplo, este trozo de cera que acaba de ser sacado de la colmena: todavía no ha perdido la dulzura de la miel que contenía, todavía retiene algo del olor de las flores de las que se ha recogido; su color, su figura, su tamaño, son manifiestos; es duro, está frío, se puede tocar y, si lo golpeamos, producirá algún sonido. En fin, todas las cosas que pueden distintamente permitirnos conocer un cuerpo se encuentran en él. Pero he aquí que, mientras hablo, lo acercamos al fuego: lo que quedaba de su sabor desaparece, el olor se desvanece, su color cambia, pierde su figura, aumenta su tamaño, se licúa, se calienta, apenas podemos tocarlo y, aunque lo golpeemos, no producirá ningún sonido. ¿La misma cera permanece tras este cambio? Hay que confesar que permanece y nadie lo puede negar. ¿Qué es, pues, lo que se conocía de ese trozo de cera con tanta distinción? Ciertamente, no puede ser nada de todo lo que he indicado por medio de los sentidos, ya que todas las cosas que caían bajo el gusto, el olfato, la vista, el tacto o el oído, han cambiado, y sin embargo la misma cera permanece.

12.
Quizás era lo que pienso ahora, a saber, que la cera no era ni esa dulzura de la miel, ni ese agradable olor de las flores, ni esa blancura, ni esa figura, ni ese sonido, sino solamente un cuerpo que antes me aparecía bajo esas formas y que ahora se hace notar bajo otras. Pero ¿qué es lo que, propiamente hablando, imagino, cuando la concibo de esta manera? Considerémoslo atentamente y, separando todas las cosas que no pertenecen a la cera, veamos lo que queda. Ciertamente no queda nada sino algo extenso, flexible y mutable. Ahora bien ¿qué es esto: flexible y mutable? ¿No es que imagino que esta cera, siendo redonda, es capaz de convertirse en cuadrada, y de pasar del cuadrado a una figura triangular? No, ciertamente no es esto, ya que la concibo como capaz de recibir una infinidad de cambios semejantes, y no podría recorrer esta infinidad con mi imaginación y, en consecuencia, esta concepción que tengo de la cera, no procede de la facultad de imaginar. ¿Qué es, ahora, esa extensión? ¿No es también desconocida, puesto que en la cera que se derrite, aumenta, y se hace aún más grande cuando está completamente derretida, y mucho más aún a medida que aumenta el calor? Y no concebiría claramente y según la verdad lo que es la cera, si no pensara que es capaz de recibir más variedades según la extensión de las que yo haya jamás imaginado. Tengo, pues, que estar de acuerdo, en que ni siquiera podría concebir lo que es esta cera mediante la imaginación, y que sólo mi entendimiento puede concebirlo; me refiero a este trozo de cera en particular, ya que por lo que respecta a la cera en general es aún más evidente. Ahora bien ¿qué es esta cera que sólo puede ser comprendida por el entendimiento o la mente? Ciertamente es la misma que veo, que toco, que imagino, y la misma que conocía desde el principio. Pero lo que hay que recalcar es que su percepción, o bien la acción por la que se la percibe, no es una visión, ni un contacto, ni una imaginación, y que nunca lo ha sido, aunque lo pareciera así anteriormente, sino solamente una inspección de la mente, que puede ser imperfecta y confusa, como lo era antes, o bien clara y distinta, como lo es ahora, según que mi atención se dirija más o menos a las cosas que están en ella y de las que ella está compuesta.

13.
No obstante, no podría sorprenderme demasiado al considerar cuanta debilidad hay en mi mente, ni de la inclinación que la lleva insensiblemente al error. Ya que, aunque en silencio, considero todo esto en mí mismo, las palabras, no obstante, me confunden, y me veo casi engañado por los términos del lenguaje ordinario: pues decimos que “vemos” la misma cera, si se nos la presenta, y no que “juzgamos” que es la misma, que tiene el mismo color y la misma figura; de donde casi concluiría que conocemos la cera por la visión de los ojos, y no por la sola inspección de la mente, si no fuera que, por azar, veo desde la ventana hombres que pasan por la calle, a la vista de los cuales no dejo de decir que veo hombres, al igual que digo que veo la cera; y sin embargo ¿qué veo desde esta ventana sino sombreros y capas, que pueden cubrir espectros o imitaciones de hombres que se mueven mediante resortes? Pero juzgo que son verdaderos hombres, y así comprendo, por el solo poder de juzgar que reside en mi mente, lo que creía ver con mis ojos.

14.
Un hombre que intenta elevar su conocimiento más allá de lo común debe avergonzarse de encontrar ocasión de dudar a partir de las formas y términos de hablar del vulgo; prefiero ir más allá, y considerar si concebía con más evidencia y perfección lo que era la cera cuando la percibí por primera vez, creyendo conocerla por medio de los sentidos externos o, al menos, por el sentido común, tal como lo llaman, es decir, por el poder imaginativo, que como la concibo ahora, después de haber examinado con exactitud lo que es, y de qué forma puede ser conocida. Sería ridículo, ciertamente, poner esto en duda. Pues ¿qué había en esta primera percepción que fuese distinto y evidente, y que no pudiera caer del mismo modo bajo el sentido de cualquier animal? Pero cuando distingo la cera de sus formas exteriores y, como si la hubiera despojado de sus vestimentas, la considero completamente desnuda, aunque se pudiera encontrar aún algún error en mi juicio, ciertamente, no podría concebirla de este modo sin una mente humana.

15.
Pero, en fin, ¿qué diré de esta mente, es decir, de mí mismo? Pues hasta aquí no admito en mí ninguna otra cosa que una mente. ¿Qué diré de mí, yo, que parezco concebir con tanta claridad y distinción este trozo de cera? ¿No me conozco a mí mismo, no sólo con tanta verdad y certeza sino aún con mucha más distinción y claridad? Ya que si juzgo que la cera es, o existe, porque la veo, se seguirá con mucha mayor evidencia que yo soy, o que existo yo mismo, por el hecho de que la veo. Porque podría ocurrir que lo que yo veo no sea, en efecto, cera; también podría ocurrir que yo no tuviera ojos para ver cosa alguna; pero no es posible que cuando yo veo o (lo que ya no distingo) cuando yo pienso que veo, que yo, que pienso, no sea algo. Igualmente, si pienso que la cera existe porque la toco, se volverá a seguir la misma cosa, a saber, que yo soy; y si lo considero así porque mi imaginación me persuade de ello, o por cualquier otra causa que sea, concluiré siempre la misma cosa. Y lo que he señalado aquí de la cera, puede aplicarse a todas las otras cosas que me son exteriores y que se encuentran fuera de mí. Ahora bien, si la noción o el conocimiento de la cera parece ser más claro y más distinto después de haber sido descubierta no sólo por la vista o por el tacto, sino también por muchas otras cosas ¿con cuanta mayor evidencia, distinción y claridad, debo conocerme a mí mismo, puesto que todas las razones que sirven para conocer la naturaleza de la cera, o de cualquier otro cuerpo, prueban mucho más fácilmente y más evidentemente la naturaleza de mi mente? Y se encuentran además tantas otras cosas en la mente misma, que pueden contribuir a la aclaración de su naturaleza, que las que dependen del cuerpo, como estas, casi no merecen ser nombradas.

16.
Pero en fin, heme aquí insensiblemente vuelto a donde quería; ya que, puesto que hay una cosa que me es ahora conocida: que propiamente hablando no concebimos los cuerpos más que por la facultad de entender que está en nosotros, y no por la imaginación ni por los sentidos, y que no los conocemos porque los veamos, o porque les toquemos, sino solo porque los concebimos por el pensamiento, conozco evidentemente que no hay nada que me sea más fácil de conocer que mi mente. Pero, como es casi imposible deshacerse rápidamente de una antigua opinión, será bueno que me detenga un poco en ello, a fin de que, prolongando mi meditación, se imprima más profundamente en mi memoria este nuevo conocimiento.

Meditaciones metafísicas – Tercera meditación

Tercera meditación
De Dios, que existe (Segunda parte)

Nota: la divisón en dos partes de la Tercera Meditación no existe en el texto original de Descartes.

17.
Ahora bien, entre esas ideas, además de la que me representa a mí mismo, sobre la que no puede haber aquí ninguna dificultad, hay otra que me representa a Dios, otras que me representan cosas corporales e inanimadas, otras a ángeles, otras a animales y otras, en fin, que me representan hombres semejantes a mí.

18.
Pero, por lo que respecta a las ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles, concibo fácilmente que pueden ser formadas por la mezcla y composición de otras ideas que tengo de las cosas corporales y de Dios, aunque fuera de mí no hubiera otros hombres en el mundo, ni animales, ni ángeles.

19.
Y por lo que respecta a las ideas de cosas corporales, no reconozco nada tan grande ni tan excelente que no me parezca poder venir de mí mismo; pues, si las considero más de cerca y si las examino del mismo modo en que examinaba ayer la idea de la cera, hallo que no se encuentran en ellas sino muy poca cosa que conciba muy clara y distintamente, a saber: el tamaño, o bien la extensión en longitud, altura y anchura, y la figura, que está formada por los bordes y límites de su extensión; la situación que los cuerpos diversamente configurados guardan entre sí; y el movimiento o cambio de esta situación; a las que se puede añadir la sustancia, la duración y el número. En cuanto a las otras cosas, como la luz, los colores, los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío, y las otras cualidades que pertenecen al tacto, se encuentran en mi pensamiento con tanta obscuridad y confusión que ignoro incluso si son verdaderas o falsas, o sólo aparentes, es decir, si las ideas que concibo de esas cualidades son, en efecto, las ideas de cosas reales o bien si no me representan más que seres quiméricos que no pueden existir. Ya que, aunque haya remarcado anteriormente que la verdad y falsedad formal sólo se puede encontrar en los juicios, podemos encontrar, no obstante, una cierta falsedad material en las ideas, a saber: cuando representan lo que no es nada como si fuera algo. Por ejemplo, las ideas que tengo del frío y del calor son tan poco claras y distintas que, por medio de ellas, no puedo discernir si el frío es sólo una privación de calor, o el calor una privación de frío, o bien si uno y otro son cualidades reales o no lo son; y dado que, siendo las ideas como imágenes, no puede haber ninguna que no nos parezca representar alguna cosa, si es cierto decir que el frío no es sino una privación de calor, la idea que me lo representa como algo real y positivo no será inadecuadamente llamada falsa, y así las otras ideas semejantes; a las cuales, ciertamente, no es necesario que atribuya otro autor más que yo mismo.

20.
Puesto que, si son falsas, es decir, si representan cosas que no existen an absoluto, la luz natural me hace conocer que proceden de la nada, es decir, que no están en mí sino porque le falta algo a mi naturaleza, y que ésta no es totalmente perfecta. Y si esas ideas son verdaderas, no obstante, al mostrarme tan poca realidad que ni siquiera puedo discernir claramente la cosa representada del no-ser, no veo ninguna razón por la que no puedan haber sido producidas por mí mismo y por la que no pueda ser yo su autor.

21.
En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corporales, hay algunas que parece que he podido sacarlas de la idea que tengo de mí mismo, como las que tengo de la sustancia, de la duración, del número y de otras cosas semejantes. Pues cuando pienso que la piedra es una sustancia, o bien una cosa que es capaz de existir por sí misma, y a continuación que yo soy una sustancia, aunque conciba perfectamente que yo soy una cosa que piensa e inextensa, y que la piedra, por el contrario, es una cosa extensa y que no piensa en absoluto, de modo que entre estas dos concepciones se da una diferencia notable, parecen convenir, sin embargo, en que representan sustancias. Del mismo modo, cuando pienso que existo ahora, y recuerdo además haber existido anteriormente, y concibo varios pensamientos distintos cuyo número conozco, entonces adquiero en mí las ideas de duración y número, las cuales, posteriormente, puedo transferir a todas las otras cosas que quiera. Por lo que respecta a las otras cualidades de las que están compuestas las cosas corporales, a saber: la extensión, la figura, la posición y el movimiento de traslación, es cierto que no están formalmente en mí en absoluto, puesto que yo sólo soy una cosa que piensa; pero, puesto que son sólo ciertos modos de la sustancia (como los ropajes bajo los que se muestra la sustancia corporal) y que yo mismo soy también una sustancia, parece que pueden estar contenidas en mí eminentemente.

22.
Sólo queda, por tanto, la idea de Dios, en la que haya que considerar si hay algo que no pueda venir de mí mismo. Por el nombre de Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente y por la cual yo mismo y todas las otras cosas que existen (si es verdad que existe alguna) han sido creadas y producidas. Ahora bien, estas excelencias son tan grandes y tan eminentes que, cuanto más atentamente las considero, menos convencido estoy de que la idea que tengo de ellas pueda tener su origen sólo en mí. Y, en consecuencia, hay que concluir necesariamente de todo lo que he dicho anteriormente que Dios existe.

23.
Pues, aunque la idea de sustancia esté en mí, por el hecho de que yo soy una sustancia, no tendría, sin embargo, la idea de una sustancia infinita, yo, que soy un ser finito, si no hubiera sido puesta en mí por alguna sustancia que fuera verdaderamente infinita.

24.
Y no debo pensar que no concibo lo infinito por una verdadera idea, sino sólo por la negación de lo que es finito, al igual que comprendo el reposo y las tinieblas por la negación del movimiento y de la luz; sino que, al contrario, veo manifiestamente que se encuentra más realidad en la sustancia infinita que en la sustancia finita y, por lo tanto, que tengo, de alguna manera, primeramente en mí la noción de lo infinito antes que la de finito, es decir, la de Dios antes que la de mí mismo. Pues ¿cómo sería posible que pudiera conocer que dudo y que deseo, es decir, que me falta algo y que no soy totalmente perfecto, si no tuviera en mí alguna idea de un ser más perfecto que el mío, por comparación con el cual conociera los defectos de mi naturaleza?

25.
Y no se puede decir que quizá esta idea de Dios sea materialmente falsa y que, en consecuencia, la puedo sacar de la nada, es decir, que puede estar en mí porque tengo alguna carencia, como dije anteriormente de las ideas del calor y del frío y de otras cosas semejantes: pues, por el contrario, siendo esta idea tan clara y tan distinta, y conteniendo en sí más realidad objetiva que ninguna otra, no hay ninguna que sea más verdadera ni que pueda ser menos sospechosa de error y falsedad. La idea, digo, de este ser soberanamente perfecto e infinito es completamente verdadera; pues, aunque se pueda quizá imaginar que tal ser no existe en absoluto, no se puede imaginar, no obstante, que su idea no me represente nada real, al igual que dije de la idea de frío. Esta idea es también muy clara y distinta, puesto que todo lo que mi mente concibe clara y distintamente de real y verdadero, y que contiene en sí alguna perfección, está contenido y encerrado completamente en esta idea. Y esto no deja de ser verdadero aunque yo no comprenda lo infinito o, incluso, aunque se encuentren en Dios una infinidad de cosas que no puedo comprender, ni quizá tampoco alcanzar por el pensamiento de ninguna manera: ya que pertenece a la naturaleza de lo infinito que mi naturaleza, que es finita y limitada, no lo pueda comprender; y es suficiente que conciba bien esto y que juzgue que todas las cosas que concibo claramente, y en las que sé que hay alguna perfección, y quizá también una infinidad de otras que ignoro, están en Dios formalmente o eminentemente, para que la idea que tengo de él sea la más verdadera, la más clara y la más distinta de todas las que están en mi mente.

26.
Pero puede ocurrir también que sea yo algo más de lo que imagino y que todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza de Dios estén, de alguna manera, en mí, potencialmente, aunque todavía no se realicen y no se manifiesten en absoluto en acto. Experimento, en efecto, que mi conocimiento aumente y se perfecciona poco a poco, y no veo nada que le pueda impedir seguir aumentando hasta el infinito; por lo que, habiendo así crecido y perfeccionado, no veo nada que impida que pueda adquirir por medio de él todas las demás perfecciones de la naturaleza divina. Y que, en fin, parece que el poder que tengo para la adquisición de estas perfecciones, si está en mí, puede ser capaz de imprimir e introducir en mí sus ideas (de tales perfecciones).

27.
No obstante, mirándolo bien, reconozco que eso no puede ser; pues, en primer lugar, aunque fuera cierto que mi conocimiento alcanza cada día nuevos grados de perfección, y que hubiera en mi naturaleza muchas cosas en potencia que no se encuentran en ella en acto, no obstante todas esas ventajas no pertenecen ni se aproximan en modo alguno a la idea que tengo de la divinidad, en la que no se encuentra nada sólo en potencia, sino que todo en ella es en acto y efectivamente. Y además ¿no es una prueba infalible y muy cierta de la imperfección de mi conocimiento el que aumente poco a poco y gradualmente? Por lo demás, aunque mi conocimiento aumente cada vez más, sin embargo no dejo de concebir que no podría ser infinito en acto, pues jamás llegará a tan alto grado de perfección que no sea capaz todavía de alcanzar un grado mayor. Pero yo concibo a Dios como siendo infinito en acto, en un grado tan elevado que no se puede añadir nada a la soberana perfección que posee. Y, en fin, comprendo muy bien que el ser objetivo de una idea no puede ser producido por un ser que existe solamente en potencia, el cual, propiamente hablando, no es nada, sino producido sólo por un ser formal y actual.

28.
Y, ciertamente, no veo nada en todo lo que acabo de decir, que no sea muy fácil de conocer por la luz natural a todos los que quieran pensar en ello cuidadosamente; pero cuando dejo de prestar atención a estas cosas, mi mente, encontrándose obscurecida y como cegada por las imágenes de las cosas sensibles, no recuerda fácilmente la razón por la que la idea que tengo de un ser más perfecto que el mío debe necesariamente haber sido puesta en mí por un ser que sea, en efecto, más perfecto. Por ello, quiero dar un paso más y considerar si yo mismo, que tengo esa idea de Dios, podría existir en caso de que no hubiera ningún Dios.

29.
Y me pregunto ¿de dónde tendría yo mi existencia? Quizá de mí mismo, o de mis padres, o bien de algunas otras causas menos perfectas que Dios, ya que no se puede imaginar nada más perfecto, y ni siquiera igual a él.

30.
Ahora bien, si yo fuera independiente de todo otro, y fuese yo mismo el autor de mi ser, no dudaría, ciertamente, de ninguna cosa, no concebiría deseos y, en fin, no me faltaría ninguna perfección, ya que me hubiera dado a mí mismo todas aquellas de las que tengo en mí alguna idea y, así, yo sería Dios. Y no debo imaginar, en absoluto, que las cosas que me faltan son, quizá, más difíciles de adquirir que aquellas de las que estoy ya en posesión; pues, al contrario, es muy cierto que ha sido mucho más difícil que yo, es decir, una cosa o una sustancia que piensa, haya surgido de la nada, de lo que me sería adquirir las luces y los conocimientos de varias cosas que ignoro, y que no son más que accidentes de esta sustancia. Y así, sin dificultad, si me hubiera dado a mí mismo ese “más” que acabo de decir, o sea, si fuera el autor de mi nacimiento y de mi existencia, no me habría privado, al menos, de cosas que son de la más fácil adquisición, a saber: de muchos conocimientos de los que mi naturaleza está desprovista; tampoco me habría privado de ninguna de las cosas que están contenidas en la idea que tengo de Dios, pues no hay ninguna que me parezca de más difícil adquisición; y si hubiera alguna, ciertamente, me parecería tal (suponiendo que tuviese en mí todas las demás cosas que poseo) porque experimentaría que mi poder terminaría en ella y no sería capaz de alcanzarla.

31.
Y aunque pueda suponer que quizá yo haya sido siempre como soy ahora, no podría, por ello, evitar la fuerza de este razonamiento, y dejar de conocer que es necesario que Dios sea el autor de mi existencia. Pues todo el tiempo de mi vida se puede dividir en una infinidad de partes de las que cada una es independiente de las otras; y así, de que hace un poco haya existido, no se sigue que deba existir ahora, a no ser porque en este momento alguna causa me produzca y me cree, por decirlo así, directamente, es decir, me conserve. En efecto, es una cosa muy clara y evidente (para todos los que consideren con atención la naturaleza del tiempo) que una sustancia, para ser conservada en todos los momentos que dura, necesita del mismo poder y de la misma acción que sería necesaria para producirla y crearla de nuevo, si no existiera aún. De modo que la luz natural nos hace ver claramente que la conservación y la creación no difieren más que respecto a nuestra forma de pensar, y no de hecho.

32.
Debo, pues, interrogarme a mí mismo para saber si poseo algún poder y alguna virtud que sea capaz de hacer que yo, que existo ahora, exista también en el futuro; pues, aunque sólo soy una cosa que piensa (o, al menos, puesto que no se trata hasta aquí más que de esa parte de mí mismo), si tal poder residiera en mí debería, ciertamente, al menos pensarlo y conocerlo; pero no siento ningún poder en mí, por lo que concluyo evidentemente que dependo de algún ser distinto de mí.

33.
Quizá también aquel ser del que dependo no es lo que llamo Dios y he sido producido o por mis padres, o por cualesquiera otras causas menos perfectas que él. Da lo mismo, eso no puede ser así. Pues, como dije anteriormente, es algo muy evidente que debe haber al menos tanta realidad en la causa como en el efecto. Y, por lo tanto, puesto que soy una cosa que piensa, y que tengo en mí alguna idea de Dios, sea cual sea, en fin, la causa que atribuya a mi naturaleza, hay que reconocer necesariamente que debe ser igualmente una cosa que piensa y que posea en sí la idea de todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza divina. Podemos luego buscar directamente si esta causa tiene su origen y existencia en sí misma o en alguna otra cosa. Ya que, si la tiene en sí misma, se sigue, por las razones que alegué anteriormente, que ella misma debe ser Dios, puesto que teniendo la virtud de ser y de existir por sí, debe tener también, probablemente, el poder de poseer en acto todas las perfecciones cuyas ideas concibe, es decir, todas las que yo concibo que están en Dios. Y si tiene su existencia de alguna otra causa distinta de sí misma, preguntaremos directamente, por la misma razón, respecto a esta misma causa, si existe por sí o por otro, hasta que, gradualmente, lleguemos a una última causa que resultaría ser Dios.

34.
Y es muy manifiesto que no puede haber en esto progresión al infinito, dado que no se trata aquí tanto de la causa que me ha producido antes en el tiempo, como de la que me conserva en el presente.

35.
Tampoco podemos suponer que hayan concurrido varias causas parciales para producirme y que haya recibido, de una la idea de las perfecciones que atribuyo a Dios, y de otra la idea de cualquier otra perfección, de modo que todas estas perfecciones se encuentren verdaderamente en alguna parte del universo, pero que no se encuentren todas juntas y reunidas en una sola que sea Dios. Pues, por el contrario, la unidad, la simplicidad o la inseparabilidad de todas las cosas que están en Dios es una de las principales perfecciones que concibo que están en él: y ciertamente, la idea de esta unidad y reunión de todas las perfecciones de Dios no ha podido ser puesta en mí por ninguna causa de la que no hay recibido también las ideas de todas las demás perfecciones. Ya que ella no puede habérmelas hecho comprender conjuntamente unidas e inseparables sin haber hecho, al mismo tiempo, que yo supiese lo que eran y que las conociese todas de alguna manera.

36.
Por lo que respecta a mis padres, de los que parece que tengo mi nacimiento, aunque todo lo que he podido creer al respecto fuera verdadero, ello no hace, sin embargo, que sean ellos quienes me conserven, ni que me hayan hecho y producido en tanto soy una cosa que piensa, ya que ellos han puesto sólo algunas disposiciones en esta materia en la que juzgo que yo, es decir, mi mente, a la cual tomo ahora por mí mismo, se encuentra encerrada; y por lo tanto, no puede haber aquí ninguna dificultad al respecto, sino que hay que concluir necesariamente que, del sólo hecho de que existo, y de que hay en mí la idea de un ser soberano perfecto (es decir, de Dios), la existencia de Dios está muy evidentemente demostrada.

37.
Sólo me queda examinar de qué manera he adquirido esta idea. Pues no la he recibido por los sentidos, ni jamás se me ha presentado a mí contra mi voluntad, tal como hacen las ideas de las cosas sensibles cuando se presentan o parecen presentarse a los órganos externos de mis sentidos. Tampoco es una pura producción o ficción de mi mente, ya que no está en mi poder quitarle o añadirle nada. Y en consecuencia, no queda ninguna otra cosa que decir, sino que, al igual que la idea de mí mismo, ha nacido y se ha producido conmigo desde que he sido creado.

38.
Y ciertamente no debe resultar extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esta idea, para que sea como la marca del obrero imprimida en su obra; y tampoco es necesario que esa marca sea algo diferente de la obra misma. Sino que, del sólo hecho de que Dios me ha creado, es muy creíble que me haya hecho, de alguna manera, a su imagen y semejanza, y que yo conciba este parecido (en el que se encuentra contenido la idea de Dios) por la misma facultad por la que me concibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre mí, no solamente conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente de otro, que tiende y aspira sin cesar a algo mayor y más grande de lo que soy, sino que conozco también, al mismo tiempo, que aquel del que dependo posee en sí todas esas grandes cosas a las que aspiro, cuyas ideas encuentro en mí, no indefinidamente y sólo en potencia, sino que él goza de ellas en efecto, actual e infinitamente y que por ello es Dios. Y toda la fuerza del argumento del que me he servido aquí para demostrar la existencia de Dios, consiste en que reconozco que no sería posible que mi naturaleza fuera lo que es, es decir, que tuviese en mí la idea de un Dios, si Dios no existiese verdaderamente; ese mismo Dios, digo, cuya idea está en mí, es decir, que posee todas esas elevadas perfecciones de las que nuestra mente puede tener alguna idea sin por ello comprenderlas, que no está sometido a ningún defecto y que no tiene ninguna de las cosas que indican alguna imperfección. De donde resulta bastante evidente que no puede ser engañador, ya que la luz natural nos enseña que el engaño depende necesariamente de algún defecto.

39.
Pero, antes de examinar esto más atentamente y de pasar a la consideración de otras verdades que pueden seguirse de ello, me parece muy apropiado detenerme algún tiempo en la contemplación de este Dios perfectísimo, sopesar a placer sus maravillosos atributos, considerar, admirar y adorar la incomparable belleza de esta inmensa luz, al menos mientras la fuerza de mi mente, que en cierto modo permanece deslumbrada por ella, me lo pueda permitir. Pues, como la fe nos enseña que la suprema felicidad de la otra vida no consiste más que en esta contemplación de la majestad divina, así experimentamos desde ahora que semejante meditación, aunque incomparablemente menos perfecta, nos ha hecho gozar de la mayor satisfacción de la que somos capaces de gozar en esta vida.