LA LENGUA UNIVERSAL DE DESCARTES

La asombrosa carta de Descartes a Mersenne en 1629

Dijo Descartes:

Reverendo Padre:

Esta propuesta de una nueva lengua parece más admirable a primera vista que cuando la considero detenidamente, porque no hay sino dos cosas que aprender en todas las lenguas, a saber,

  • la significación de las palabras y
  • la gramática.

Respecto a la significación de las palabras vuestro hombre no promete nada particular; pues él dice en la cuarta proposición: interpretar esta lengua con ayuda de un diccionario, que es lo que un hombre un poco versado en lenguas puede hacer sin ella en todas las lenguas comunes. Y estoy seguro que si usted diese al señor Hardy un buen diccionario de chino o de alguna otra lengua que sea, y un libro escrito en la misma lengua, él se propondría aclarar su sentido.

* Manuscrito de Descartes a Mersenne, antiguos compañeros de Colegio.

Aquello que impide que todo el mundo pueda hacerlo es la dificultad de la gramática. E imagino que este es todo el secreto de vuestro hombre, pero esto no es nada que no sea muy fácil, porque el hacer una lengua donde no hay más que un solo patrón de conjugación, de declinación y de construcción de las palabras, no hay defectivos ni irregulares, los cuales son cosas introducidas por la corrupción del uso, e igual que la inflexión y construcción de los nombres y los verbos, se hacen por afijos o delante o detrás de las palabras primitivas, y aquellos afijos son completamente especificados en el diccionario, no será de sorprender que los espíritus vulgares aprendan, en menos de seis horas, a componer [Frases y discursos] en esta lengua con la ayuda del diccionario, lo cual es la meta de la primera proposición

La segunda, a saber: conocida esta lengua, conocer todas las demás, como sus dialectos. Esto es sólo para hacer valer la droga, pues él no pone un límite respecto al tiempo en que se las podría aprender, sólo [dice] que se les considerarían como dialectos de ésta, la cual se toma por primitiva, porque no tiene las irregularidades gramaticales de las otras. Y además él advierte que en su diccionario, respecto a las palabras primitivas, puede servirse de aquellas que están en uso en todas las lenguas como de sinónimos.

Por ejemplo, para significar “el amor”, tomará aimer, amare, Φιλειν, etc. Y un francés, adicionando a “aimer” el afijo que marca el nombre sustantivo, formará el nombre correspondiente a amour, un griego adicionará el mismo afijo a Φιλειν, y así los otros. A continuación, su sexta proposición es muy fácil de entender: Inventar (hallar) una escritura, pues si vuestro hombre puede poner en su diccionario un solo símbolo que corresponda con aimer, amare, Φιλειν, y sus sinónimos, el libro escrito con esos caracteres podrá ser interpretado por todos aquellos que posean este diccionario.

La quinta proposición, al parecer, no sirve más que para hacer valer su mercancía, y tan pronto como veo la palabra misterio en alguna proposición, comienzo a tener de ella una mala opinión. Más creo que vuestro hombre no quiere decir otra cosa sino que tiene un gran conocimiento de las gramáticas de todas esas lenguas que él nombra, para abreviar la suya, de tal modo que puede enseñarlas más fácilmente que los maestros ordinarios. Queda la tercera proposición, que es todo un misterio para mí, pues vuestro hombre dice que explicará los pensamientos de los antiguos, por medio de las palabras que ellos usaron, al tomar cada palabra como expresando la verdadera definición de la cosa, lo que propiamente dicho significa que expondrá los pensamientos de los antiguos dando a las palabras de éstos un sentido que no tienen y que no tomaron jamás. Esto repugna, pero quizá vuestro hombre lo entiende de modo distinto.

Ahora bien, este pensamiento de reformar la gramática, o más bien, de hacer una nueva que se pueda aprender en cinco o seis horas, y que se pueda volver común para todas las lenguas, no dejaría de ser una invención útil al público, si todos los hombres quisieran concordar en su puesta en uso, sin dos inconvenientes que preveo.

El primero es la mala reunión de las letras que con frecuencia produciría  sonidos desagradables e insoportables al oído, pues todas las diferencias de inflexiones de palabras son hechas por el uso [precisamente] para evitar este defecto; y es imposible que vuestro autor haya podido remediar ese inconveniente haciendo su gramática universal para toda clase de naciones, pues lo que es fácil y agradable a nuestra lengua es rudo e insoportable para los alemanes, y así para otros. Si bien, todo lo que él pudo haber hecho fue evitar esta mala reunión de sílabas en una o dos lenguas, y así, esa lengua universal no sería más que para un [solo] país. Pero nosotros no necesitamos aprender una nueva lengua para hablar solamente entre franceses.

El segundo inconveniente está en aprender las palabras de esta lengua. Porque si cada uno usa como palabras primitivas las palabras de su propia lengua, ciertamente no tendrá tanta dificultad. Más él no será, de ese modo, entendido por algunos de su país sino por escrito, en el momento en que, quien le quiera entender, se tome la molestia de buscar todas las palabras en el diccionario, lo cual es demasiado aburrido para que se ponga en uso. Si vuestro hombre requiere gente que aprenda las palabras primitivas comunes a todas las lenguas, no encontrará jamás persona que se tome esta molestia. Sería más fácil hacer que todos los hombres concordasen en aprender la lengua latina, o alguna otra de aquellas que están en uso, que ésta en la que no hay todavía libros escritos para practicar, ni hombres que la conozcan con los que se pueda adquirir el uso de hablarla. Así pues, toda la utilidad que veo puede conseguirse de esta invención  está en la palabra escrita. Supongamos que vuestro autor hizo imprimir un gran diccionario de todas las lenguas en las que se quiere hacer entender, y pone para cada palabra primitiva un símbolo correspondiente al significado y no a las sílabas, un mismo caracter para, por ejemplo, aimer, amare, Φιλειν, de tal modo que quien tiene el diccionario y conoce su gramática, puede buscar todos esos caracteres uno después del otro e interpretar en su lengua lo que está escrito. Pero esto no será bueno sino para leer misterios y revelaciones, en otros casos, nadie que tenga algo mejor que hacer pasará por la pena de buscar todas esas palabras en un diccionario. Así, no veo esto de gran uso. Más quizá yo me equivoque.

Solamente a usted he querido escribir todo lo que puedo conjeturar acerca de estas seis proposiciones que usted me ha enviado, con el fin de que cuando tenga usted vista la invención, pueda decir si la he descifrado bien.

De resto, encuentro que sería posible añadir a esto [otra] invención, tanto para componer las palabras primitivas de esta lengua como para sus caracteres, de suerte que ella pueda ser enseñada en muy poco tiempo, y esto es por medio del orden; es decir, estableciendo un orden entre todos los pensamientos que puedan entrar en el espíritu humano, de forma semejante al orden establecido naturalmente entre los números. Y como se puede aprender en un día a nombrar todos los números hasta el infinito, de igual modo se aprenderá a escribir una infinidad de palabras diferentes en una lengua desconocida.

Y se puede hacer lo mismo con todas las otras palabras necesarias  para expresar todas las otras cosas que caen en el espíritu de los hombres.

Si este orden se encontrase, no dudo que esta lengua pronto se esparciría por el mundo, pues mucha gente emplearía gustosamente cinco o seis días de tiempo para poder hacerse entender por todos los hombres.

Pero no creo que vuestro autor haya pensado en esto, tanto porque no hay nada en esas seis proposiciones que lo pruebe, como porque la invención de esa lengua depende de la verdadera filosofía. Pues de otro modo es imposible enumerar todos los pensamientos de los hombres y ponerlos en orden; ni siquiera distinguirlos clara y simplemente, que es, en mi parecer, el más grande secreto que se puede tener para adquirir la buena ciencia. Y si alguno hubiera explicado bien cuales son las ideas simples que están en la imaginación de los hombres, aquellas de las que se componen todos los pensamientos, y si tal explicación fuese aprobada por todo el mundo, me atrevería a esperar una lengua universal muy fácil de aprender, de pronunciar y de escribir, y principalmente, que ayudaría al juicio, representándole tan distintamente todas las cosas, que le sería casi imposible equivocarse.

Al contrario, casi todas nuestras palabras tienen significados confusos; y el espíritu de los hombres está tan acostumbrado a ellas que esto le causa que no entienda casi nada perfectamente.

Ahora bien, yo mantengo que esta lengua es posible, y que se puede encontrar la ciencia de la cual ella depende por medio de la cual los campesinos podrían juzgar mejor de la verdad de las cosas, que como lo hacen ahora los filósofos.

Mas no espere verla jamás en uso; ello presupone grandes cambios en el orden de las cosas, y necesitaría que el mundo entero fuese un paraíso terrenal, lo cual no es una buena propuesta más que en el país de las novelas.

Carta de Descartes a Mersenne, 20 Noviembre 1629

Marin Mersenne investigó sobre péndulos, el sonido, números primos… pero, sobre todo, fomentó en los hombres de ciencia la conciencia de compartir conocimientos.

Descartes dejo muchas lecciones incompletas. Su objetivo era dejar ideas para que otros Sujetos las desarrollaran. Leonardo Da Vinci hacia lo mismo. Los pensadores Indues tambien.